El lujo que nunca olvidaré

Si alguien me preguntara cuáles han sido las experiencias de lujo más intensas de mi vida, probablemente esperaría una respuesta relacionada con hoteles, restaurantes o viajes exclusivos.

Sin embargo, ninguna de ellas tiene que ver con eso.

La primera ocurrió una noche de verano en Roma.

Asistí a una representación de Verdi en las Termas de Caracalla.

Mientras la música llenaba el espacio, era imposible distinguir dónde terminaba la arquitectura y empezaba la ópera.

Las ruinas del siglo III no eran un decorado.

Eran un personaje más.

La piedra conservaba la memoria de casi dos mil años.

La brisa recorría las gradas.

La temperatura era perfecta.

La luz iba cambiando lentamente mientras la noche caía sobre Roma.

No recuerdo únicamente la música.

Recuerdo cómo me sentí.

La segunda experiencia tuvo lugar en Estocolmo.

Había estudiado durante años la Biblioteca Pública de Erik Gunnar Asplund.

Conocía sus planos.

Sus proporciones.

Su historia.

Pero nada me preparó para lo que sentí cuando, por fin, recorrí lentamente sus paredes con la mano.

Pensé en todos aquellos artesanos que habían trabajado aquella madera sabiendo que estaban construyendo un lugar destinado a guardar conocimiento durante generaciones.

No era únicamente un edificio.

Era tiempo hecho materia.

La tercera empezó mucho antes.

Cuando era una niña.

No recuerdo un momento concreto en el que decidiera ser arquitecta.

Simplemente siempre miraba los edificios.

Mientras otros niños observaban a las personas, yo observaba dónde vivían.

Entraba en las casas de mis amigos intentando comprender cómo estaban construidas.

Y, sobre todo, miraba las películas.

Sigo haciéndolo.

Quizá por eso adoro el cine clásico.

Cada vez que veo La soga, de Hitchcock, vuelvo a fijarme en ese extraordinario salón donde transcurre casi toda la película.

La tensión del guion es magistral.

Pero también lo es ese gran acristalamiento curvo que convierte el skyline de la ciudad en otro personaje más de la historia.

La arquitectura no es el escenario.

Es parte del relato.

Con el tiempo comprendí que las tres experiencias tenían algo en común.

No hablaban únicamente de arquitectura.

Ni únicamente de arte.

Ni únicamente de historia.

Hablaban de la emoción que nace cuando las tres cosas se encuentran.

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